CUANDO NOS REFERIMOS a la misión integral de la iglesia estamos dando a entender que hay varias misiones o tareas y que es necesario reunirlas en un todo, es decir, integrarlas. ¿Por qué calificar la tarea de la Iglesia de esta manera? ¿En qué momento de la historia se hizo una división en el quehacer salvífico?

En realidad el propósito de Dios es uno y una sola la tarea o misión a realizar. Debemos remitirnos al momento de la Creación, donde Dios les encargó a Adán y Eva una misión a realizar (G’n 1.28): desde ese momento Dios ha encargado una misión a todo aquel que cree en él; como ejemplos de ello tenemos a Noé (G’n 6.14s; 7.1ss; 9.1ss); Abraham (G’n 12.1-3); Moisés (Éx 3.4.10ss); Josué (Jos’ 1.1ss); los jueces de Israel (Jue); Samuel (I Sam 1.10ss), y muchos otros personajes pueden ser citados, tales como Saúl, David, Salomón, los profetas, Esdras, Nehemías y hasta el mismo Ciro, rey de Persia (II Cr’ 36.22-23), sin dejar de lado al mismo Hijo de Dios, Jesucristo (Lc 4.17-21), y a seguidores de Jesucristo: Pablo, Pedro, Esteban, Timoteo, entre otros. En todos estos casos la misión es una sola, no está fraccionada, y ésta es: redención, salvación, liberación.

En Jesucristo es más evidente este propósito de Dios y la tarea es una: redimir a la humanidad (Jn 3.16-17). Esta misión de redimir a la humanidad tiene dos aspectos inseparables: lo espiritual y lo social. Jesús, al iniciar su ministerio (misión), describió las acciones que iba a realizar (Lc 4.17-21); cuando encarga a sus discípulos la misión, ésta es una (Mt 28.19-20; Mc 16.15-18; Jn 20.21), y así lo entendieron Pedro, Juan, Esteban, Pablo y todos los demás discípulos (Hch 2.43-47; 4.32-37).

Hoy solemos escuchar términos como: evangelización integral y misión integral de la iglesia. ¿En qué momento la evangelización y la misión se fraccionaron en dos? ¿Por qué algunos entienden que la evangelización y misión de la iglesia sólo tienen que ver con la vida espiritual? ¿O por qué otro sector de la iglesia se embarca en el aspecto social?

Esta situación así planteada genera confusión en el mundo y más aún entre los creyentes. Para evitar este tipo de confusión debemos retornar a los orígenes del plan salvífico de Dios y éste es uno: redención plena que compromete lo espiritual (lo trascendente de la persona) y lo social (el entorno que rodea al ser humano). Desde un comienzo Dios al dar los Diez Mandamientos, éstos contemplan estos dos aspectos y eran indivisibles:

Relación con Dios (espiritual)

Relación con el prójimo (social)

Éxodo 20.3-11

Éxodo 20.12-17

Es interesante notar que en el Decálogo que Dios da a Moisés, en lo referente al aspecto espiritual sólo hay cuatro mandamientos, mientras que en el aspecto social hay seis mandamientos. Más aún cuando se trata del propósito de estos mandamientos (cf. Deut 6.17-25), éste es: vida en plenitud (v.24). Pero, para lograr este propósito es necesario poner en práctica todos ellos; no uno o unos cuantos.

Otro hecho similar, lo constituye el momento en que Jesucristo se encarga de sintetizar la misión que va a realizar: toma el texto de Isaías 61.1-2, para hacer referencia de su relación con Dios (v. 1a) y con el prójimo (v. 1b-2). Mayor detalle en Lucas 4.16-21. De igual manera, cuando un intérprete de la ley le pregunta sobre cuál es el gran mandamiento, Jesús trae a colación que todos los mandamientos se resumen en dos aspectos inseparables entre sí:

Relación con Dios (espiritual)

Relación con el prójimo (social)

Mateo 22.37-38

Mateo 22.39

Por eso, cuando encarga a sus discípulos la misión (llamada Gran Comisión; cf. Mc 16.15-18), también están presentes estos aspectos mencionados: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura… (relación con Dios) y en mi nombre echarán fuera demonios, sanarán enfermos… (relación con el prójimo)”.

Juan, el discípulo amado de Jesús, retoma esta enseñanza del Maestro para señalar en forma categórica en qué consiste el amor a Dios: “Amar a Dios y amar al prójimo; si decimos amar a Dios y no amamos al prójimo es ser mentiroso” (I Jn 4.20-21).

Por eso, la iglesia está llamada a vivir en santidad (Éx 28.36; II Corintios 7.1; I Tes 3.13; Heb 12.10.14). Este vivir en santidad está dado en la obediencia y práctica de los mandamientos del Señor. De ahí que la santidad tiene sus dos caras: la santidad personal (Dios y yo) y la santidad social (mi prójimo y yo). Para John Wesley la santidad personal conlleva a las obras de piedad y la santidad social a las obras de misericordia. Este aspecto es lo que muy bien se podría llamar el equilibrio teológico de la fe. Es la fe en acción para un sólo propósito: redimir almas (cf. Rom 12 y 13).

Por último, la iglesia del Señor no puede fraccionar su misión de redimir al ser humano y a su entorno social. Es bueno tomar nota de dos ejemplos en la Biblia al respecto: uno es la situación que se da en el día del juicio de los creyentes (Mt 25.31-46), el otro es la explicación que da el apóstol Santiago (Stgo 2.14-26). La proclamación de la palabra de Dios y el servicio al prójimo es la esencia de su existencia, ya que la iglesia es la muestra del amor de Dios y el anticipo de su Reino.

Rev. Jorge Bravo C.

Énfasis.- Doctrina: La Justificación solamente por fe

Objetivo: Comprender que la justicia de la fe se da, no al inocente, sino a la persona caida, y no exige la perfecta obediencia ni otra cosa imposible. No manda que hagamos sino a que creamos.

Lucas 6.6-11; Salmo 12.5; 35.10; 140.12; 3.1-5; Proverbios 22.22; Deuteronomio 24.12; Deuteronomio 11.18-21, 26-28; Romanos 4.13-25

MAYO. Justicia para los pobres

Santidad social -nuestra herencia wesleyana.

Objetivo: Que la juventud local conozca, aprecie y viva las aportaciones de John Wesley respecto al evangelio social.

 

JOHN WESLEY ES nuestro padre doctrinal más conocido, tanto por sus sermones, su doctrina y la manera en que revolucionó la iglesia en su tiempo: era un gran orador, predicaba la santidad en todas las esferas de la vida humana y causó la segunda Reforma de la iglesia cristiana, dividiendo a un sector muy importante en el protestantismo: la Iglesia Anglicana, en “Alta” y “Baja” -él, por supuesto, creó en la “Baja”, con las personas pobres. (Por cierto, nuestro otro padre doctrinal es Jacobo Arminio.)

A veces creemos que nuestra cristiandad nada tiene que ver con nuestra economía, pero ¡oh, profundidades!, claro que sí tiene que ver, y mucho: la mayordomía es un tema muy importante para la vida cristiana; mayordomía del cuerpo, del tiempo, del dinero.

¿Cómo debe ser nuestra mayordomía del dinero?

Vayamos a las Escrituras: en el Salmo 24 (como en muchísimas partes de la Biblia) dice que todo es del Señor: el mundo, sus habitantes y todo lo que existe. Y en esa declaración podemos concluir otro principio: nada es nuestro. Entonces surge un problema: ¿Qué sucede con todo esto que tenemos?: ¿es nuestro o no? O, si Dios es el dueño de todo, ¿yo entonces qué soy?

En el siglo 18 Wesley aportó una frase de economía para la vida de las y los creyentes evangélicos: «Trabaja todo lo que puedas, gana todo lo que puedas, ahorra todo lo que puedas y da todo lo que puedas». Y, al parecer, podemos desglosar el amor en estos cuatro verbos:

Es nuestro deber trabajar y ganar todo lo que podamos: el trabajo honra a Dios, porque reivindica la dignidad humana; pero si sólo trabajáramos y ganáramos nos convertiríamos en siervos del materialismo -viviendo siempre el presente y como tontos para el futuro-, y por eso hay que ahorrar: el ahorro nos convierte en personas precavidas, que se preparan para el futuro -incluyendo la eternidad-. El problema es que si sólo fomentamos estos tres verbos, la cristiandad se hace un lado; es, pues, nuestro deber dar: caminar con los pobres e identificarnos con ellos, porque la iglesia de Jesucristo está llamada a ser “sencilla y libre de toda inclinación hacia la riqueza y la extravagancia” y a “dedicarse a cuidar, alimentar, vestir y dar refugio a los pobres”. Y Dios es nuestro mejor ejemplo: leemos a lo largo de toda la Biblia que labor de Dios a favor de los pobres y los oprimidos es una constante (Éxodo 23.11; Deuteronomio 15.7; Salmos 41.1; 82.3; Proverbios 19.17; 21.13; 22.9; Jeremías 22.16; Mateo 19.21; Lucas 12.33; Hechos 20.35; II Corintios 9.6; Gálatas 2.10), y en Jesús -el Dios revelado perfectamente- podemos percibir ese favor de manera más plena: identificándose y solidarizándose con los indefensos sociales. Es ésa también nuestra labor: “Sostenemos que el ministerio de compasión entre los pobres incluye actos de caridad, y a la vez, la lucha por proveerles oportunidad, igualdad y justicia. Creemos, además, que la responsabilidad cristiana hacia los pobres constituye un aspecto esencial de la vida de todo creyente que procura tener la fe que obra mediante el amor”.

El hambre, la explotación, las condiciones infrahumanas, los altos índices de violencia, las violaciones sexuales, los abusos en todos los sentidos, el analfabetismo, la pobreza extrema y, en fin, todo aquello que caracteriza a nuestras sociedades el día de hoy, no debe ser mayor que la respuesta de la iglesia.

Pero, como iglesia, ¿qué necesitamos: valor o amor?

Ambas cosas: Ya no podemos seguir proclamando a un Dios de amor que no hace justicia; no debemos seguir hablando de un Dios de misericordia que no tiene ejerce el perfecto juicio sobre las manifestaciones injustas en esta tierra. Y mucho menos nosotros, la Iglesia del Nazareno, que somos herederos directos de John Wesley, el gran predicador del evangelio social.

-  Por Yeri Nieto

 ELLA Y YO siempre hemos sido amigos. Nunca nuestra amistad ha sido lacerada o golpeada. Nunca nos hemos olvidado el uno del otro. Hasta podría decir que hemos transcurrido el mismo camino en muchísimos sentidos. De hecho, compartíamos la fe, hasta que ella decidió ejercer su libertad sin la presencia de Dios en su vida.

Ella, al crecer, se olvidó de Dios; al egresar de la Universidad no lo recordó en sus agradecimientos; al escribir la dedicatoria en su tesis de su primera maestría ni siquiera ocupó un breve espacio para la sencilla frase “gracias a Dios”; y ahora, casada y con su bebita hermosa, no quiere asistir a una iglesia para darle gracias a Dios por la vida de su hija. Ella me dice que no es necesario, que no le hace mal a nadie, que no guarda mayores rencores contra la gente, que no fuma, que no toma alcohol, que no se droga, que no desperdicia su vida como otras gentes lo hacen, que no le desea mal a nadie, que de seguro cuando cruce la cortina de la muerte, Dios la perdonará.

Yo no estoy tan seguro de eso.

Ella cree que Dios es amor. ¡Nadie lo niega! Pero si decimos que Dios “sólo” es amor, no estamos siendo conscientes de quién es y de lo que significa Dios para nuestra vida y para la vida eterna. Dios es amor. ¡Por supuesto que sí! Amén. Pero no solamente es amor… Dios también es justicia.

Dios nos ama, pero también es justo con cada uno de nosotros.

En el pasaje de lectura bíblica (Mt 25.31-46) Jesús nos narra que él mismo, Rey del Universo, será nuestro juez, pero hay una nota que debe causarnos temblor: ¡su juicio será con base en las obras que hayamos hecho en vida!, en especial con las personas menos importantes en este mundo -los niños, los pequeños, los pordioseros, los desnudos, los hambrientos, los encarcelados.

En verdad, uno quisiera que el texto dijera otras cosas: que el Señor Jesús nos juzgará conforme a nuestra adoración, a nuestro buen testimonio, a nuestras sinceras formas de orar, a nuestros ayunos o a nuestra honestidad delante de Él y de las personas que nos rodean; pero no… El Señor nos juzgará con base en nuestras obras. Y eso es escandaloso, porque nosotros creemos y declaramos que somos salvos por la fe en Jesucristo (eso se constituye en el único elemento necesario para nuestra salvación), pero ahora resulta que este Jesucristo exige algo más: realizar buenas obras siempre, y en especial a las personas más vulnerables de la sociedad.

Pero así es Jesús: no nos exige una fe mental, que proviene exclusivamente de nuestro intelecto, sino una fe que podamos vivir y compartir y, con ella, proveer lo necesario para la transformación personal y social. Y eso es justo lo que el apóstol Santiago reitera en su carta y que, desde esta perspectiva, podemos entender con claridad: «Si ustedes saben hacer lo bueno, y no lo hacen, ya están pecando» (Stgo 4.17).

«Si ustedes saben hacer lo bueno, y no lo hacen, ya están pecando»: tengo cuatro pares de calzado, y sé que hay alguien que no tiene un solo par de chanclas; tengo un clóset repleto de mudas de ropa, y sé que hay gente que no tiene un vestido decente; tengo hasta para alimentar a un perro con croquetas muy caras, y sé que hay personas que comerían un perro si es necesario; acabo de comprar un fenomenal televisor de pantalla plana, y sé que hay alguien en la cárcel a quien nadie visita; puedo pagar un par de entradas al cine, pero no me atrevo a proveerle una mínima cantidad a las actividades de compasión que se promueven; gano una cantidad de dinero al mes que muchas personas no la ganarían en un año. Y no estoy exagerando. Soy un pecador, ¿y tú?

Creemos que Dios es amor. Y lo creemos tanto que sabemos de memoria el pasaje bíblico que quizá más veces se ha pronunciado en esta tierra: Jn 3.16: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Creemos que Dios es amor. Pero, ¿y nosotros? Jn 3.16 tiene una respuesta de aplicación maravillosa en I Jn 3.16: «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos ». Y sería bueno también aprender este texto de memoria.

Porque creemos que Dios es amor, pero también creemos que es justicia, una justicia que desafía nuestra vida en Él. Dios es amor y es justicia, y detrás de la cortina de la muerte nos estará esperando, con todo su amor… pero como Juez.

                                                                                                                                                                                             – Por Yeri Nieto -

La compasión – nuestra responsabilidad

Objetivo: Enfatizar la práctica compasiva como un estilo de vida en la JNI local