ELLA Y YO siempre hemos sido amigos. Nunca nuestra amistad ha sido lacerada o golpeada. Nunca nos hemos olvidado el uno del otro. Hasta podría decir que hemos transcurrido el mismo camino en muchísimos sentidos. De hecho, compartíamos la fe, hasta que ella decidió ejercer su libertad sin la presencia de Dios en su vida.
Ella, al crecer, se olvidó de Dios; al egresar de la Universidad no lo recordó en sus agradecimientos; al escribir la dedicatoria en su tesis de su primera maestría ni siquiera ocupó un breve espacio para la sencilla frase “gracias a Dios”; y ahora, casada y con su bebita hermosa, no quiere asistir a una iglesia para darle gracias a Dios por la vida de su hija. Ella me dice que no es necesario, que no le hace mal a nadie, que no guarda mayores rencores contra la gente, que no fuma, que no toma alcohol, que no se droga, que no desperdicia su vida como otras gentes lo hacen, que no le desea mal a nadie, que de seguro cuando cruce la cortina de la muerte, Dios la perdonará.
Yo no estoy tan seguro de eso.
Ella cree que Dios es amor. ¡Nadie lo niega! Pero si decimos que Dios “sólo” es amor, no estamos siendo conscientes de quién es y de lo que significa Dios para nuestra vida y para la vida eterna. Dios es amor. ¡Por supuesto que sí! Amén. Pero no solamente es amor… Dios también es justicia.
Dios nos ama, pero también es justo con cada uno de nosotros.
En el pasaje de lectura bíblica (Mt 25.31-46) Jesús nos narra que él mismo, Rey del Universo, será nuestro juez, pero hay una nota que debe causarnos temblor: ¡su juicio será con base en las obras que hayamos hecho en vida!, en especial con las personas menos importantes en este mundo -los niños, los pequeños, los pordioseros, los desnudos, los hambrientos, los encarcelados.
En verdad, uno quisiera que el texto dijera otras cosas: que el Señor Jesús nos juzgará conforme a nuestra adoración, a nuestro buen testimonio, a nuestras sinceras formas de orar, a nuestros ayunos o a nuestra honestidad delante de Él y de las personas que nos rodean; pero no… El Señor nos juzgará con base en nuestras obras. Y eso es escandaloso, porque nosotros creemos y declaramos que somos salvos por la fe en Jesucristo (eso se constituye en el único elemento necesario para nuestra salvación), pero ahora resulta que este Jesucristo exige algo más: realizar buenas obras siempre, y en especial a las personas más vulnerables de la sociedad.
Pero así es Jesús: no nos exige una fe mental, que proviene exclusivamente de nuestro intelecto, sino una fe que podamos vivir y compartir y, con ella, proveer lo necesario para la transformación personal y social. Y eso es justo lo que el apóstol Santiago reitera en su carta y que, desde esta perspectiva, podemos entender con claridad: «Si ustedes saben hacer lo bueno, y no lo hacen, ya están pecando» (Stgo 4.17).
«Si ustedes saben hacer lo bueno, y no lo hacen, ya están pecando»: tengo cuatro pares de calzado, y sé que hay alguien que no tiene un solo par de chanclas; tengo un clóset repleto de mudas de ropa, y sé que hay gente que no tiene un vestido decente; tengo hasta para alimentar a un perro con croquetas muy caras, y sé que hay personas que comerían un perro si es necesario; acabo de comprar un fenomenal televisor de pantalla plana, y sé que hay alguien en la cárcel a quien nadie visita; puedo pagar un par de entradas al cine, pero no me atrevo a proveerle una mínima cantidad a las actividades de compasión que se promueven; gano una cantidad de dinero al mes que muchas personas no la ganarían en un año. Y no estoy exagerando. Soy un pecador, ¿y tú?
Creemos que Dios es amor. Y lo creemos tanto que sabemos de memoria el pasaje bíblico que quizá más veces se ha pronunciado en esta tierra: Jn 3.16: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Creemos que Dios es amor. Pero, ¿y nosotros? Jn 3.16 tiene una respuesta de aplicación maravillosa en I Jn 3.16: «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos ». Y sería bueno también aprender este texto de memoria.
Porque creemos que Dios es amor, pero también creemos que es justicia, una justicia que desafía nuestra vida en Él. Dios es amor y es justicia, y detrás de la cortina de la muerte nos estará esperando, con todo su amor… pero como Juez.
– Por Yeri Nieto -